(…) Quizá morimos sólo porque nadie
quiere morirse con nosotros, nadie
quiere mirarnos a los ojos.(…)
Elegía interrumpida (fragmento). Octavio Paz
Sala de espera en la que se espera inutilmente el regreso al pasado. Una sala para ofrecer tarde y mal la compañía que nos habían suplicado en silencio y que habíamos negado, alegando tener un montón de cosas que hacer, que estamos muy ocupados o que ya habíamos quedado. Una habitación para mascullar disculpas a través de un cristal, para decir los tequieros que no nos teníamos que haber guardado, para rumiar las culpas y exorcizarse con lágrimas y cigarros.
En este cuarto taciturno se presentan de visita aquel niño pequeño que merendaba un vaso de leches con campurrianas, el adolescente que regateaba la paga tras la llegada del euro y el hombre que se sonrojaba al escuchar como ella le contaba orgullosa a la mujer de la limpieza que su nieto es periodista. Ahora, en la Sala 3 de Nuestra Señora de la Paz, rememoramos escenas con remordimiento y recordamos con ternura incluso su mala baba. Hablamos a un cuerpo de marmol que con su rostro sereno, parece que nos escucha y nos perdona, cuando en realidad lo que queremos es que abra los ojos para echarnos una última bronca.
Llega la hora de abandonar la sala, nos despedimos con el beso más frío que jamás hemos dado y de inmediato echamos de menos cuando besábamos sus cálidas mejillas arrugadas. Solamente apreciamos esos momentos cuando ya los hemos perdido, cuando el llanto ha inundado el tanatorio, el coche fúnebre navega hacia la iglesia de Santa Ana y nosotros nos ahogamos con los recuerdos.
A mi abuela Concha