Sala 3

(…) Quizá morimos sólo porque nadie
quiere morirse con nosotros, nadie
quiere mirarnos a los ojos.(…)
Elegía interrumpida (fragmento). Octavio Paz

Sala de espera en la que se espera inutilmente el regreso al pasado. Una sala para ofrecer tarde y mal la compañía que nos habían suplicado en silencio y que habíamos negado, alegando tener un montón de cosas que hacer, que estamos muy ocupados o que ya habíamos quedado. Una habitación para mascullar disculpas a través de un cristal, para decir los tequieros que no nos teníamos que haber guardado, para rumiar las culpas y exorcizarse con lágrimas y cigarros.

En este cuarto taciturno se presentan de visita aquel niño pequeño que merendaba un vaso de leches con campurrianas, el adolescente que regateaba la paga tras la llegada del euro y el hombre que se sonrojaba al escuchar como ella le contaba orgullosa a la mujer de la limpieza que su nieto es periodista. Ahora, en la Sala 3 de Nuestra Señora de la Paz, rememoramos escenas con remordimiento y recordamos con ternura incluso su mala baba. Hablamos a un cuerpo de marmol que con su rostro sereno, parece que nos escucha y nos perdona, cuando en realidad lo que queremos es que abra los ojos para echarnos una última bronca.

Llega la hora de abandonar la sala, nos despedimos con el beso más frío que jamás hemos dado y de inmediato echamos de menos cuando besábamos sus cálidas mejillas arrugadas. Solamente apreciamos esos momentos cuando ya los hemos perdido, cuando el llanto ha inundado el tanatorio, el coche fúnebre navega hacia la iglesia de Santa Ana y nosotros nos ahogamos con los recuerdos.

A mi abuela Concha

Comida en buen estado

Solícito el silencio se desliza
por la mesa nocturna,
rebasa el irrisorio contenido del vaso.
No beberé ya más hasta tan tarde.
Otra vez soy el tiempo que me queda.
Detrás de la penumbra
yace un cuerpo desnudo
y hay un chorro de música insidiosa
disgregando las burbujas del vidrio.
Tan distante como mi juventud ,
pernocta entre los muebles el amorfo,
el tenaz y oxidado material del deseo.
Qué aviso más penúltimo
amagando en las puertas,
los grifos, las cortinas.
Qué terror de repente de los timbres.
La botella vacía se parece a mi alma.
Por las ventanas, por los ojos
de cerraduras y raíces,
por orificios y rendijas
y por debajo de las puertas,
entra la noche.
La botella vacía se parece a mi alma. José Manuel Caballero Bonald.

Despojado por prescripción médica de mi imagen de asaltador de barras y de mi leyenda pendenciera, quedo reducido a un pelele cumplidor, obediente y sin carisma, que se garantiza llegar sano a los cuarenta pagando el caro precio de la salud con un trocito de su alma y la renuncia definitiva a jugar a ser un salvaje que caza emociones en la jungla de las noches de juerga.

Estoy un poquito más cerca de ser el marido perfecto, voy a tener menos ojeras y por tanto más opciones de lograr un ascenso en el trabajo. Mis órganos internos dejarán de ponerme denuncias en el juzgado, mis neuronas abandonarán la huelga para regresar al trabajo y con el tiempo desaparecerá también la barriga cervecera, homenaje a Dionisos, escultura forjada con el barro de mis malas acciones. Mi cuerpo se sentirá cada vez mejor mientras mi espíritu bohemio y gamberro se pudre y los versos que sabían a ginebra ahora tendrán un empalagoso sabor a Fanta. Gracias a los sabios consejos de los doctores, seré el cadáver más sano y más guapo del cementerio. Me lo agradecerán los gusanos, que ellos también tienen derecho a comer comida en buen estado.

Gentil, bella y discreta

Compañera
usted sabe
que puede contar
conmigo
no hasta dos
o hasta diez
sino contar
conmigo
si alguna vez
advierte
que la miro a los ojos
y una veta de amor
reconoce en los míos
no alerte sus fusiles
ni piense qué delirio
a pesar de la veta
o tal vez porque existe
usted puede contar
conmigo (…)
Hagamos un trato (fragmento). Mario Benedetti

Eres el amor platónico de un centenar de hombres desdichados. Gentil, bella y discreta, con una palabra tuya arrodillas a los espíritus de los bufones románticos que necesitan creer en princesas. Puedes elegir con quien quieres ser feliz, y sin embargo, siempre yerras. Porque resulta que te vas con ese hombre que solo te aprecia de cintura para abajo. Y cuando te deja, te marchas con otro que tiene escondida su sensibilidad en el interior de su bolsa escrotal. Y cuando este se marcha, llega un tercero para el que eres un complemento que lucir en fiestas y cenas familiares, como un sombrero o un paraguas, que te eligió porque tus ojos van a juego con su corbata.

Todas estas decepciones te hacen daño y llorando te preguntas si algún día encontrarás a un hombre que de verdad valga la pena. No te das cuenta de tal vez estás buscando en lugares equivocados. Eres gentil, bella y discreta, pero pecas de falta de criterio. Una mujer con tanto encanto debe buscar amantes en los bosques encantados, no en la puerta de los gimnasios ni en discotecas llenas de mamarrachos. Aunque tu no lo sepas, tu verdadero amor hace tiempo que está ahí, esperándote. Es ese muchacho tímido que te observa de reojo y que no se atreve a hablarte. Acércate y díle algo, elige por una vez al que se muere por tus labios.

Calles

Es una calle larga y silenciosa.
Ando en tinieblas y tropiezo y caigo
y me levanto y piso con pies ciegos
las piedras mudas y las hojas secas
y alguien detrás de mí también las pisa:
si me detengo, se detiene;
si corro, corre. Vuelvo el rostro: nadie.
Todo está oscuro y sin salida,
y doy vueltas y vueltas en esquinas
que dan siempre a la calle
donde nadie me espera ni me sigue,
donde yo sigo a un hombre que tropieza
y se levanta y dice al verme: nadie.
La calle. Octavio Paz

Érase una vez un niño con pájaros en la cabeza que jugaba en Princesa Zaida, que aporreaba una máquina de escribir en un chalé del Pinar de Jábaga, que enrojeció sus mejillas con inocentes juegos picarones en la plaza de San Marcos, que ennegreció sus pulmones y realizó viajes astrales en el callejón de Umberto, que vomitó su infancia sobre el césped del Carrero, que dejó escapar una oportunidad en un portal de El Pozo de las Nieves, que descubrió el pecado bajo las sábanas en Bravo Murillo, que compraba marrones barritas narcóticas en la calle Almansa, que se hizo profesional y puta en Fermín Caballero, que se dejó un trozo de alma en Rue de Lisieux, que desafió a su infortunio en la Quinta Avenida,  que volvió a saltar a la pista en un pub de Doctor Galíndez, que se refugió de los males del mundo en la Canaleja, que suspiraba por conocer Lombard Street, que visitaba a menudo a Sabina en el número 7 de Melancolía, que recargaba fuerzas en la barra de un bar de Ramón y Cajal para seguir adelante, que cada vez que miraba hacia el futuro solo veía callejones sin salida.

Érase una vida resumida en un puñado de calles.

Cita con el porvenir

Te llaman porvenir
porque no vienes nunca.
Te llaman: porvenir,
y esperan que tú llegues
como un animal manso
a comer en su mano.
Pero tú permaneces
más allá de las horas,
agazapado no se sabe dónde.
… Mañana!
Y mañana será otro día tranquilo
un día como hoy, jueves o martes,
cualquier cosa y no eso
que esperamos aún, todavía, siempre.
Porvenir. Ángel González

Cada día está más cerca el porvenir, y no tengo nada que ponerme para esta cita tan importante. Llego a este crucial momento con dolores lumbares, algún kilo de más y el sexapil por los suelos. Quizás si tuviera más tiempo podría hacerme un lifting de cuerpo y espíritu, pero temo llegar tarde a ese tren del que tanto hablaban nuestros abuelos. Así que tendré que presentarme en esa gala con mi actual aspecto: desharrapado, con barba de treinta días y moradas ojeras, pero con la dignidad y el orgullo intactos. Esperemos que el porvenir no sea demasiado superficial y me destierre de su reino, de lo contrario tendré que buscar refugio en el pasado y vivir como un ermitaño.

Si las yemas de mis dedos hablaran…

(…)
¿Te querré como entonces
alguna vez? ¿Qué culpa
tiene mi corazón?
Si la niebla se esfuma,
¿qué otra pasión me espera?
¿Será tranquila y pura?
¡¡Si mis dedos pudieran
deshojar a la luna!!
Si mis manos pudieran deshojar (fragmento). Federico García Lorca

Si las yemas de mis dedos hablaran te explicarían el frío que sienten al sujetar el Bourbon con hielo en un botellón de invierno. Si las yemas de mis dedos hablaran te dirían que les gusta zambullirse en la arena y explorar las oquedades de las piedras. Si las yemas de mis dedos hablaran confesarían que son traviesos y rebañan los restos de comida cuando nadie les está mirando. Si las yemas de mis dedos hablaran se quejarían de que pierden su color con el humo de los cigarros y de que los machaco aporreando el mando de una consola. Si las yemas de mis dedos hablaran podrían defender un doctorado sobre tu ADN. Si las yemas de mis dedos hablaran te dirían que lo pasan mejor cuando duermo acompañado que cuando estoy solo. Si las yemas de mis dedos hablaran me denunciarían por malos tratos cuando las muerdo porque estoy nervioso. Si las yemas de mis dedos hablaran desearían haber sido las yemas de los dedos de Paco de Lucía. Si las yemas de mis dedos hablaran, te contarían lo mal que lo paso escribiendo versos atormentados.

Definiciones de pasado

Cadáveres putrefactos en el fondo de un cuaderno
Lágrimas envasadas al vacío en la despensa
Compartimento vacío de un reloj de arena
Bragas escondidas entre la ropa de invierno

Pulmones encharcados de nicotina y celos
Cicatriz de una amenaza de muerte a la vena
Rencor y ruina que se filtran por las goteras
Retratos en la pared que te observan con recelo

Números de teléfono que no se olvidan
Carmín en el espejo que nunca se borra
Canciones que deberían estar prohibidas

Posos de amor en una botella de vodka
Eterno trauma por la guerra perdida
Recuerdos que se suicidan en el rompeolas

Método científico

Pon tu mano en un horno caliente durante un minuto y te parecerá una hora.
Siéntate junto a una chica preciosa durante una hora y te parecerá un minuto.
Eso es la relatividad. Albert Einstein

Explorando bajo su escote descubrí el significado del universo. Ha sido una revelación newtoniana que ha llegado tras estudiar célula por célula, peca por peca, la superficie de esas lunas que asomaban bajo aquel vestido de noche.

Mi trabajo científico comenzó con una prueba olfativa, en la que detecté un fresco aroma a jazmín. Como nunca fui una gran nariz, tramité los permisos pertinentes para realizar una exploración ocular. Descubrí dos esferas perfectas, con una textura similar a la de un flan casero, coronadas por un vigía que parecía dar la bienvenida a mi expedición. Con espíritu crítico, busqué centímetro a centímetro alguna imperfección o grieta. No hallé restos de erosión, apenas algún lunar que remarcaba la similitud con el ya citado postre.

Realicé anotaciones interesantes en mi cuaderno, pero aún no había encontrado la respuesta que buscaba, así que solicité una última prueba, la del gusto. A pesar de que encontré algunas trabas burocráticas a mi empresa, al final pude completar mi objetivo. Partiendo desde la superficie y realizando círculos concéntricos, mi lengua viajó por un desierto ardiente, suave como el pétalo de rosa y dulce como el ron de caña, aunque con el regusto salado del sudor tímido que rezumaba el terreno. Mi lengua se abrasaba pero no podía dejar de absorber cada uno de sus poros. Terminé devorando al vigía, que debió sentirse como Jonás engullido por la ballena.

La última fase de esta investigación me había dejado exhausto. A punto estuvo de perder el conocimiento tras este viaje psicodélico por su volcánica piel. Al recuperarme fue cuando lo vi todo claro. De nada valen las costosas expediciones a otros planetas, las lecturas teológicas en busca de Dios, los retiros espirituales en monasterios budistas o sumergirse en las más profundas fosas abisales. Amigos, lo que da a todo sentido, lo que explica la evolución del hombre, es lo más sencillo: sobrevivimos porque adoramos el sabor de la carne. Fin del misterio.

Comenzar de nuevo

Sucede que a veces tengo miedo
a pasar otra vez por la casilla
de salida
a tener que comenzar de nuevo
con las llamadas perdidas,
las citas ineludibles,
los te he echado tanto de menos,
los por qué no me llamaste,
las promesas incumplibles.

Sin embargo, me ilusiona ver que aún
todo es posible
que quedan flores del amor adolescente
que no se marchitan
que hay un lazo que me ata a la esperanza
que no se ha roto
todavía

Si tu pides que te acompañe hasta la puerta,
esta noche no duermes sola,
querida,
Y si insistes un poco más
tal vez me quede contigo todo el día
Todo lo demás vendrá, o no, quien sabe,
el amor suele tener la vida corta
Si me voy, te dedicaré una última mirada
y al verte te convertirás en poesía

Ángel exterminador

Beso soy, sombra con sombra.
Beso, dolor con dolor,
por haberme enamorado,
corazón sin corazón,
de las cosas, del aliento
sin sombra de la creación.
Sed con agua en la distancia,
pero sed alrededor.
Corazón en una copa
donde me la bebo yo,
y no se lo bebe nadie,
nadie sabe su sabor.
Odio, vida: ¡cuánto odio
sólo por amor! (…)
Miguel Hernández. Antes del odio (fragmento)

Con los deshechos de los corazones que he roto y que estaban esparcidos por el suelo, he construido una gelatinosa torre de vísceras desde la que observo los áridos terrenos en los que tuve que combatir. No me siento orgulloso de haber aniquilado tantos amores. Tampoco tengo mucho que decir en mi defensa, simplemente que peleé con todas mis fuerzas para proteger esas relaciones que al final acabé asesinando. Y juro que algunas veces esas muertes fueron en defensa propia y me vi obligado a elegir entre su vida o la mía.

Supongo que no se puede luchar contra el destino, pues aunque tenía vocación de caballero andante, terminé convertido en ángel exterminador, jinete del apocalipsis que gobierna sobre los muertos desde una torre de sangre, carroñero que aguarda paciente a la próxima víctima que caiga rendida en el desierto, sedienta de amor e indefensa.

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