Es una calle larga y silenciosa.
Ando en tinieblas y tropiezo y caigo
y me levanto y piso con pies ciegos
las piedras mudas y las hojas secas
y alguien detrás de mí también las pisa:
si me detengo, se detiene;
si corro, corre. Vuelvo el rostro: nadie.
Todo está oscuro y sin salida,
y doy vueltas y vueltas en esquinas
que dan siempre a la calle
donde nadie me espera ni me sigue,
donde yo sigo a un hombre que tropieza
y se levanta y dice al verme: nadie.
La calle. Octavio Paz
Érase una vez un niño con pájaros en la cabeza que jugaba en Princesa Zaida, que aporreaba una máquina de escribir en un chalé del Pinar de Jábaga, que enrojeció sus mejillas con inocentes juegos picarones en la plaza de San Marcos, que ennegreció sus pulmones y realizó viajes astrales en el callejón de Umberto, que vomitó su infancia sobre el césped del Carrero, que dejó escapar una oportunidad en un portal de El Pozo de las Nieves, que descubrió el pecado bajo las sábanas en Bravo Murillo, que compraba marrones barritas narcóticas en la calle Almansa, que se hizo profesional y puta en Fermín Caballero, que se dejó un trozo de alma en Rue de Lisieux, que desafió a su infortunio en la Quinta Avenida, que volvió a saltar a la pista en un pub de Doctor Galíndez, que se refugió de los males del mundo en la Canaleja, que suspiraba por conocer Lombard Street, que visitaba a menudo a Sabina en el número 7 de Melancolía, que recargaba fuerzas en la barra de un bar de Ramón y Cajal para seguir adelante, que cada vez que miraba hacia el futuro solo veía callejones sin salida.
Érase una vida resumida en un puñado de calles.