Solícito el silencio se desliza
por la mesa nocturna,
rebasa el irrisorio contenido del vaso.
No beberé ya más hasta tan tarde.
Otra vez soy el tiempo que me queda.
Detrás de la penumbra
yace un cuerpo desnudo
y hay un chorro de música insidiosa
disgregando las burbujas del vidrio.
Tan distante como mi juventud ,
pernocta entre los muebles el amorfo,
el tenaz y oxidado material del deseo.
Qué aviso más penúltimo
amagando en las puertas,
los grifos, las cortinas.
Qué terror de repente de los timbres.
La botella vacía se parece a mi alma.
Por las ventanas, por los ojos
de cerraduras y raíces,
por orificios y rendijas
y por debajo de las puertas,
entra la noche.
La botella vacía se parece a mi alma. José Manuel Caballero Bonald.
Despojado por prescripción médica de mi imagen de asaltador de barras y de mi leyenda pendenciera, quedo reducido a un pelele cumplidor, obediente y sin carisma, que se garantiza llegar sano a los cuarenta pagando el caro precio de la salud con un trocito de su alma y la renuncia definitiva a jugar a ser un salvaje que caza emociones en la jungla de las noches de juerga.
Estoy un poquito más cerca de ser el marido perfecto, voy a tener menos ojeras y por tanto más opciones de lograr un ascenso en el trabajo. Mis órganos internos dejarán de ponerme denuncias en el juzgado, mis neuronas abandonarán la huelga para regresar al trabajo y con el tiempo desaparecerá también la barriga cervecera, homenaje a Dionisos, escultura forjada con el barro de mis malas acciones. Mi cuerpo se sentirá cada vez mejor mientras mi espíritu bohemio y gamberro se pudre y los versos que sabían a ginebra ahora tendrán un empalagoso sabor a Fanta. Gracias a los sabios consejos de los doctores, seré el cadáver más sano y más guapo del cementerio. Me lo agradecerán los gusanos, que ellos también tienen derecho a comer comida en buen estado.