Cuando vengan a por mí

 (…) La caza ha comenzado
y tu estas en la lista
en tiempos de silencio
instinto suicida (…)

(‘Cuando vengan a por ti‘, J.M.Sanz ‘Loquillo’)

Cuando vengan a por mí

no me encontrarán nadando en las aguas cristalinas

de una pila bautismal

Tampoco estaré en lo alto de un estrado

cuestionando vuestra escala de valores,

ametrallando con mi lengua vuestro escudo moral

Cuando vengan a por mí

me encontrarán probablemente desnudo,

leyendo a Nietzsche sobre el barro

revolcándome en mis sucias contradicciones

luchando conmigo mismo en un poema sin métrica

Cuando vengan a por mí

podrían encontrarme ya cubierto de brea,

emplumado como un forajido del antiguo oeste

porque otros guardianes de la fe llegaron antes

y se adelantaron a sus intenciones

tras un sumarísimo juicio castrense

Me exigirán que no sea cobarde, que me moje

y proclame que mis ideas son las mismas que las suyas

Acepto asumir mi culpa y cumplir condena por traición

pero no pienso poner mis versos

al servicio de un ejército ortodoxo y puritano

Mis poemas serán insumisos hasta que yo lo diga

Porque la poesía que era un arma cargada de futuro

ahora es solo un zulo abrigado en el que refugiarse,

una trinchera en la que esperar, mientras exhalas humo

hasta el día en el que que vengan a por ti.

 

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La torre

El problema que me encontré cuando decidí escalar la torre es que mis piernas eran demasiado cortas y además siempre había algún familiar o profesor que me agarraba de los tobillos para que no despegara los pies del suelo. Tuve que esforzarme durante años para explicar a todos que yo no era un árbol y que jamás crecería si tenía las raíces prisioneras en la tierra. Tras una dura negociación a la que no le faltaron rabietas, lágrimas de mocoso y moratones en las rodillas, al final me dejaron andar solo y pude ejercitar mis piernas, que crecieron lo suficiente como para poder dar su primera gran zancada.

En el segundo nivel de la torre quizás pasé mis mejores momentos. El suelo de aquel piso era un césped sobre el que bebí mis primeros calimochos, escribí mis primeros versos y desabroché mis primeros sujetadores. Me sentía el gobernante de una isla que tenía la luna llena como bandera y el ‘Stairway to Heaven’ como himno. Como el tamborilero Oscar Matzerath, tomé la determinación de paralizar mi crecimiento y montar allí mi campamento base. Dejó de importarme el ascenso y viví durante un tiempo atrincherado en la adolescencia. Si al final me marché de aquella tierra, embaucadora como el canto de las sirenas, fue únicamente porque quería descubrir qué otros puertos me esperaban en este viaje.

Así que subí un nuevo escalón y en esta planta me encontré un mundo teñido de gris, en el que te obligaban de despertar cuando el sol todavía se estaba despegando las legañas y las aceras todavía no tenían cicatrices. Horrorizado, se me pasó por la cabeza regresar al piso inferior. Sin embargo, mis ojos se terminaron acostumbrando a esa luz color ceniza y descubrí que tenía materiales sólidos para construir un buen refugio en aquel páramo: la familia, una nómina, las cañas al final de la jornada, las vacaciones pagadas… De repente comenzó a gustarme el gris. Hasta me compré un puto paraguas.

La enfermedad me sorprendió cuando llegué a la siguiente planta. Llegó con las maletas cargadas de dolor para mí y para mi gente. Como si no tuviera bastante con alimentarse de mis entrañas y beberse mis lágrimas. Aquella arpía me envenenó de vértigo. La altura de la torre se convirtió en precipicio y me visualicé cayendo al vacío y con los sesos estampados en la casilla de salida.

Cuando el negro estaba a punto de conquistar mi territorio gris decidí que había llegado el momento de resistirse al invasor. Me acordé de aquel crío de piernas cortas que comenzó esta larga ascensión. Y de aquel joven que abandonó el país de Nunca Jamás para seguir buscando aventuras. Y del hombre que desde su oficina fundó su propia patria de familia y amigos. Y entonces me di cuenta de que teníamos superioridad numérica. La enfermedad estaba sola. Yo tenía a mi mujer, a mis niños, a mis compañeros y a aquellos muchachos que un día fui. Podíamos vencer esta batalla. Y vencimos.

Ha pasado ya mucho tiempo de aquel día en el que conseguimos que la enfermedad se batiera en retirada. La guerra continúa y todavía no he conseguido librarme del dolor y de las pesadas cadenas que me empujan al abismo. Pero no nos rendimos. Yo no me bajo de este mundo sin subir a la azotea de esta torre, seguro que las vistas tienen que ser una maravilla y corre una brisa deliciosa.

Primer día en la fábrica de Papá Noel

– Supongo que eres el nuevo.
– Sí, señor.
– Bienvenido a la sección de perfumería de los talleres de Papá Noel. ¿Tienes experiencia en este sector?
– No, señor. En anteriores temporadas he echado una mano como duende de almacén, pero nunca antes había estado en la industria química. Acabo de terminar el grado.
– No te pienses que este trabajo es menos duro que cargar palés de regalos en los trineos. Cuando terminen las doce horas de tu jornada laboral tendrás los ojos más colorados que la nariz de Rudolph y la sopa que cenarás te sabrá a almizcle. En la universidad aprenderéis mucha química orgánica, mucha matemática y mucha edafología, pero salís de esos laboratorios sin tener ni puta idea de la vida.
– Lo sé, señor. Vengo con intención de aprender porque me interesa mucho este oficio. De hecho, antes de empezar ya tengo muchísimas preguntas que hacerle.
– ¿No me digas? ¿Qué es lo que te gustaría saber?
– En primer lugar, ¿qué diferencia hay entre los perfumes que elaboramos aquí y los que fabrican las grandes industrias durante el resto del año?
– ¡Ese es nuestro gran secreto, muchacho! Todos los perfumes que salen de nuestros talleres tienen una serie de ingredientes añadidos que hacen que sean especiales y los hemos recopilado en lo que nosotros llamamos el Recetario del Espíritu Navideño. Te lo explicaré dando un paseo. Mira, este es el departamento en el que se hacen los aromas para chicos adolescentes. Coge ese frasco, ábrelo y siente su fragancia. A primer olfato puede parecer que es el olor de cualquier esencia juvenil, pero nosotros le añadimos un ingrediente que no le pueden poner en ningún otro sitio y que se llama ‘Hijo mío, te compramos tu primera colonia para que dejes de gastar la Nenuco que le echamos a tu hermanito de tres años’.
– ¡Asombroso!
– ¿Te das cuenta? Nuestro departamento de marketing trabaja para poner nombres más cortos a estos ingredientes con el objetivo de comercializarlos en el futuro. La verdad es que no han logrado grandes avances, en tres años lo único que han hecho es probar a poner el nombre en inglés, pero parece ser que tampoco funciona.
– Supongo que no es fácil, son definiciones tan precisas que si las acortas pueden perder fuerza…
– Mi opinión, y esto que quede entre tú y yo, es que son unos gilipollas con ínfulas y unos vagos. Pero bueno, el patrón sabrá en lo que se gasta su dinero. Sigamos. Mira, en este departamento hacen un aroma para mujeres mayores de sesenta y cinco años y cuenta con un ingrediente que llamamos ‘Abuela, te hemos comprado entre todos tus nietos este perfume para que tu avanzada edad no te impida oler como una prostituta ucraniana de dieciséis’. Lo pidieron mucho las pasadas navidades, pero lo cierto es que también hubo muchas devoluciones.
– Creo que empiezo a entender… Los ingredientes que añadimos son un enlace químico que acopla la intención de la persona que hace el regalo con las características del destinatario.
– ¡Correcto, veo que eres avispado, muchacho! La Navidad es una época del año especial y por eso los regalos que salen de este taller tienen que tener su toque mágico. ¿Tienes novia, chaval?
– Sí, se llama Dulcinea. También le gusta la química, quiere ser enóloga.
– Con el sí me valía, tampoco me cuentes tu vida. Pues bien, el perfume que le comprarías a Dulcinea por su cumpleaños no se parece en nada al que le regalarías en Navidad. Para esta época te vendría bien ese que hacemos allí, por ejemplo. Cuenta con un ingrediente denominado ‘Te quiero tanto que estoy dispuesto a tener un niño contigo y llevarlo sobre mis hombros durante las cabalgatas de Reyes de los próximos diez años’.
– Qué bonito… Lo mismo encargo un frasco de ese perfume. ¿Aquí hay descuentos para los empleados?
– ¡Eres un cachondo, chaval! Estás en una fábrica en el Círculo Polar Ártico, no en Silicon Valley. Tu único privilegio es que tienes cocacolas a cincuenta céntimos en la máquina expendedora, gracias a una campaña publicitaria que protagonizó el patrón hace unos años en América
– Entiendo… Y ya que mencionaba antes a los Reyes Magos, ¿también trabajamos para ellos?
– Para los Reyes Magos, el Olentzero, el Tió de Nadal, el Apalpador, la Befana, Ded Moroz… Monopolizamos la fabricación y distribución internacional de regalos navideños… Nuestra temporada de trabajo es muy corta y no podemos rechazar ningún pedido, tenemos que vivir de esto todo el año.
– ¿No hay más empresas que trabajen en nuestro sector?
– Todavía no. Sin embargo, el patrón está preocupado, hay rumores de que algo se está cociendo en China. Tienen infraestructuras y la mano de obra es más barata. Papá Noel de momento está contento con nosotros y se vanagloria de los puestos de trabajo que ha creado en su tierra. Pero lo primero es el negocio y si externalizando se recortan gastos…
– Esperemos que no llegue ese día. ¡Bastante despoblado está ya el Círculo Polar Ártico como para enfrentarse a una desindustrialización!
– Así es, chaval. Por eso tenemos que trabajar mucho, para que Papá esté contento y no quiera llevarse nuestras instalaciones a Chongging, a Yakarta o a cualquier agujero del sudeste asiático. Y ahora, si no tienes más preguntas, hemos llegado a tu departamento.
– ¿Aquí voy a trabajar? ¡Fantástico! ¿Y cuál es el ingrediente especial que fabricamos aquí?
– Es uno de los más actuales, pero también es uno de los más demandados. Lo llamamos ‘Te he pillado este frasco de colonia en Amazon porque paso de salir a la calle a buscarte un regalo con el frío que hace y la cantidad de gente que hay en todos lados’.
– Muy bonito nombre. Es largo, pero al menos tiene rima.
– Porque lo hemos dejado en castellano, muchacho… Porque lo hemos dejado en castellano…

Un hueco en el anaquel

Una vez más mi mirada ha vuelto a tropezar con el mismo hueco en el anaquel, un vacío que separa a Baricco de Carpentier y a tí de mí. He comprado decenas de libros desde que te marchaste y sin embargo he sido incapaz de rellenar ese espacio que ha quedado huérfano en la estantería. No tengo valor ni oficio suficiente para sellar esa tumba, a pesar de que el olor a cadáver se está apoderando de todas mis novelas.

Cuando te fuiste secuestraste ese libro que tanto mal nos había hecho. Desconozco si lo hiciste para evitar más víctimas o porque no querías que otra compartiera conmigo el dolor que nosotros compartimos. Para mí todo era un juego, una manera enrevesada y divertida de intentar conquistar un cielo pintado con tiza en un patio de recreo. No sabía que aquello terminaría convirtiendo mi librería en un columbario que guarda las cenizas de nuestro relato.

Quise convertirte en la Maga porque te quería tanto que necesariamente tenías que ser la Maga. Te sentaban tan bien como a ella el traje de la libertad y el deseo de que yo cambiara. Como nunca tuvimos los cafés de París tuvimos que jugar a encontrarnos en las tabernas de Cuenca. Pero teníamos los libros. Y a Sinatra. Y camas deliberadamente sucias. Y cervezas deliberadamente tibias. Y conversaciones intelectuales en las que fingías para concederme el placer de escucharme a mí mismo toda esa verborrea intelectualoide con la que te abrumaba.

El problema de que tu fueras la Maga es que yo tenía que ser Oliveira y despreciarte, porque tú no sabías nada de Kierkegaard, ni de Fats Waller, de Pollock, ni de política, ni del sentido de la vida. Te amaba desde una altura desde la que te veía insignificante. Por marcar las distancias terminé asesinando lo que teníamos en común. Y finalmente te marchaste con nuestra novela en la maleta, dejando como única huella la marca de tus labios en mi dedo índice.

Debería mirar hacia adelante y rellenar de una vez el maldito hueco del estante. Quizás le sentaría bien algo de Vargas Llosa. Escribe bien el jodido, aunque no me gusta como piensa. O podría concederle ese lugar sagrado a ‘Los Detectives Salvajes’ de Bolaño. No sé, creo que no estoy todavía preparado. Todavía no he perdido la esperanza de que vuelvas. O al menos de que me devuelvas el libro para que pueda jugar de nuevo.

Gente poco recomendable

En todas las esquinas de las barras de los bares
se intuyen fracasos de amores y almas desgraciadas,
políticos deshauciados, estudiantes que coleccionan cates
y escritores frustrados que esbozan rimas en una servilleta.
Somos lo más bajo de la cadena alimentaria de la vida,
la tinta que mancha la correción de los buenos modales,
gente poco recomendable que nada aporta al beneficio del hombre.
Y sin embargo, como hongos, crecemos en abundancia
y además somos inmortales.

Crápula

Vas a ser un perdido.
No me importa.
Me parece más triste
no saber dónde estoy.
Dudas. Luis García Montero.

Qué complicado es ser un crápula con números rojos en la cuenta. Qué difícil es ser poeta cuando Melendi es el número 1 de los 40. Nadar contra corriente es divertido pero sale caro, no es normal tener tantos achaques cuando aún no has llegado a la treintena. ¿Sin embargo, cómo podría renunciar a la vida bohemia, a los renqueantes versos desordenados escritos en una servilleta, a mirar de reojo a las camareras, a soñar que vendrá un mundo mejor tras la tormenta?
En el fondo, no me importan las amenazas de embargo de bancos y endocrinos, ni que las puertas del éxito estén cerradas para los que disfrutamos siendo despojos humanos. Siempre fui un tipo de gustos sencillos, que solamente necesita tener a su lado a alguien que le quiera y que a lo único que aspira es a ser como Ian Anderson: un barbudo trovador de blanca melena.

Conservarte

Alimentado por el olor de una cama deshecha
con ganas de morder tu cuello hasta matarte
y pintar con los dedos una mancha inolvidable
que no se borre de la sábana escarlata
Quererte no me parece homenaje suficiente
necesito revolcarme desnudo entre tu sangre
lamer y abrazar con celo tus entrañas
y conservarte para siempre, aunque sea en lata

Sala 3

(…) Quizá morimos sólo porque nadie
quiere morirse con nosotros, nadie
quiere mirarnos a los ojos.(…)
Elegía interrumpida (fragmento). Octavio Paz

Sala de espera en la que se espera inutilmente el regreso al pasado. Una sala para ofrecer tarde y mal la compañía que nos habían suplicado en silencio y que habíamos negado, alegando tener un montón de cosas que hacer, que estamos muy ocupados o que ya habíamos quedado. Una habitación para mascullar disculpas a través de un cristal, para decir los tequieros que no nos teníamos que haber guardado, para rumiar las culpas y exorcizarse con lágrimas y cigarros.

En este cuarto taciturno se presentan de visita aquel niño pequeño que merendaba un vaso de leches con campurrianas, el adolescente que regateaba la paga tras la llegada del euro y el hombre que se sonrojaba al escuchar como ella le contaba orgullosa a la mujer de la limpieza que su nieto es periodista. Ahora, en la Sala 3 de Nuestra Señora de la Paz, rememoramos escenas con remordimiento y recordamos con ternura incluso su mala baba. Hablamos a un cuerpo de marmol que con su rostro sereno, parece que nos escucha y nos perdona, cuando en realidad lo que queremos es que abra los ojos para echarnos una última bronca.

Llega la hora de abandonar la sala, nos despedimos con el beso más frío que jamás hemos dado y de inmediato echamos de menos cuando besábamos sus cálidas mejillas arrugadas. Solamente apreciamos esos momentos cuando ya los hemos perdido, cuando el llanto ha inundado el tanatorio, el coche fúnebre navega hacia la iglesia de Santa Ana y nosotros nos ahogamos con los recuerdos.

A mi abuela Concha

Comida en buen estado

Solícito el silencio se desliza
por la mesa nocturna,
rebasa el irrisorio contenido del vaso.
No beberé ya más hasta tan tarde.
Otra vez soy el tiempo que me queda.
Detrás de la penumbra
yace un cuerpo desnudo
y hay un chorro de música insidiosa
disgregando las burbujas del vidrio.
Tan distante como mi juventud ,
pernocta entre los muebles el amorfo,
el tenaz y oxidado material del deseo.
Qué aviso más penúltimo
amagando en las puertas,
los grifos, las cortinas.
Qué terror de repente de los timbres.
La botella vacía se parece a mi alma.
Por las ventanas, por los ojos
de cerraduras y raíces,
por orificios y rendijas
y por debajo de las puertas,
entra la noche.
La botella vacía se parece a mi alma. José Manuel Caballero Bonald.

Despojado por prescripción médica de mi imagen de asaltador de barras y de mi leyenda pendenciera, quedo reducido a un pelele cumplidor, obediente y sin carisma, que se garantiza llegar sano a los cuarenta pagando el caro precio de la salud con un trocito de su alma y la renuncia definitiva a jugar a ser un salvaje que caza emociones en la jungla de las noches de juerga.

Estoy un poquito más cerca de ser el marido perfecto, voy a tener menos ojeras y por tanto más opciones de lograr un ascenso en el trabajo. Mis órganos internos dejarán de ponerme denuncias en el juzgado, mis neuronas abandonarán la huelga para regresar al trabajo y con el tiempo desaparecerá también la barriga cervecera, homenaje a Dionisos, escultura forjada con el barro de mis malas acciones. Mi cuerpo se sentirá cada vez mejor mientras mi espíritu bohemio y gamberro se pudre y los versos que sabían a ginebra ahora tendrán un empalagoso sabor a Fanta. Gracias a los sabios consejos de los doctores, seré el cadáver más sano y más guapo del cementerio. Me lo agradecerán los gusanos, que ellos también tienen derecho a comer comida en buen estado.

Gentil, bella y discreta

Compañera
usted sabe
que puede contar
conmigo
no hasta dos
o hasta diez
sino contar
conmigo
si alguna vez
advierte
que la miro a los ojos
y una veta de amor
reconoce en los míos
no alerte sus fusiles
ni piense qué delirio
a pesar de la veta
o tal vez porque existe
usted puede contar
conmigo (…)
Hagamos un trato (fragmento). Mario Benedetti

Eres el amor platónico de un centenar de hombres desdichados. Gentil, bella y discreta, con una palabra tuya arrodillas a los espíritus de los bufones románticos que necesitan creer en princesas. Puedes elegir con quien quieres ser feliz, y sin embargo, siempre yerras. Porque resulta que te vas con ese hombre que solo te aprecia de cintura para abajo. Y cuando te deja, te marchas con otro que tiene escondida su sensibilidad en el interior de su bolsa escrotal. Y cuando este se marcha, llega un tercero para el que eres un complemento que lucir en fiestas y cenas familiares, como un sombrero o un paraguas, que te eligió porque tus ojos van a juego con su corbata.

Todas estas decepciones te hacen daño y llorando te preguntas si algún día encontrarás a un hombre que de verdad valga la pena. No te das cuenta de tal vez estás buscando en lugares equivocados. Eres gentil, bella y discreta, pero pecas de falta de criterio. Una mujer con tanto encanto debe buscar amantes en los bosques encantados, no en la puerta de los gimnasios ni en discotecas llenas de mamarrachos. Aunque tu no lo sepas, tu verdadero amor hace tiempo que está ahí, esperándote. Es ese muchacho tímido que te observa de reojo y que no se atreve a hablarte. Acércate y díle algo, elige por una vez al que se muere por tus labios.

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