Un hueco en el anaquel

Una vez más mi mirada ha vuelto a tropezar con el mismo hueco en el anaquel, un vacío que separa a Baricco de Carpentier y a tí de mí. He comprado decenas de libros desde que te marchaste y sin embargo he sido incapaz de rellenar ese espacio que ha quedado huérfano en la estantería. No tengo valor ni oficio suficiente para sellar esa tumba, a pesar de que el olor a cadáver se está apoderando de todas mis novelas.

Cuando te fuiste secuestraste ese libro que tanto mal nos había hecho. Desconozco si lo hiciste para evitar más víctimas o porque no querías que otra compartiera conmigo el dolor que nosotros compartimos. Para mí todo era un juego, una manera enrevesada y divertida de intentar conquistar un cielo pintado con tiza en un patio de recreo. No sabía que aquello terminaría convirtiendo mi librería en un columbario que guarda las cenizas de nuestro relato.

Quise convertirte en la Maga porque te quería tanto que necesariamente tenías que ser la Maga. Te sentaban tan bien como ella el traje de la libertad y el deseo de que yo cambiara. Como nunca tuvimos los cafés de París tuvimos que jugar a encontrarnos en las tabernas de Cuenca. Pero teníamos los libros. Y a Sinatra. Y camas deliberadamente sucias. Y cervezas deliberadamente tibias. Y conversaciones intelectuales en las que fingías para concederme el placer de escucharme a mí mismo toda esa verborrea intelectualoide con la que te abrumaba.

El problema de que tu fueras la Maga es que yo tenía que ser Oliveira y despreciarte, porque tú no sabías nada de Kierkegaard, ni de Fats Waller, de Pollock, ni de política, ni del sentido de la vida. Te amaba desde una altura desde la que te veía insignificante. Por marcar las distancias terminé asesinando lo que teníamos en común. Y finalmente te marchaste con nuestra novela en la maleta, dejando como única huella la marca de tus labios en mi dedo índice.

Debería mirar hacia adelante y rellenar de una vez el maldito hueco del estante. Quizás le sentaría bien algo de Vargas Llosa. Escribe bien el jodido, aunque no me gusta como piensa. O podría concederle ese lugar sagrado a ‘Los Detectives Salvajes’ de Bolaño. No sé, creo que no estoy todavía preparado. Todavía no he perdido la esperanza de que vuelvas. O al menos de que me devuelvas el libro para que pueda jugar de nuevo.

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